Hace más de cien años que la Península Ibérica no veía el sol bien tapado en pleno atardecer, y este agosto le va a tocar el turno a El Espinar, aunque sea de refilón, aunque la luna se quede corta unos minutos y nos deje solo un hilo de sol, delgado como un cabello, brillando terco sobre la sierra.
Puede que los pinos se sorprendan con esa luz. Ningún atardecer les ha preparado para uno que empieza a media tarde y se mide en minutos exactos, como si el cielo, por una vez, tuviera prisa. En El Espinar no llegaremos a vivir un eclipse total —eso ocurre unos kilómetros al norte, en Segovia capital—; aquí el sol se reducirá a ese hilo de luz sin apagarse del todo. Por eso las gafas homologadas no pueden quitarse en ningún momento, ni siquiera cuando quede apenas un resquicio de sol.
Antes de que llegue la luna a comerse el sol, vamos a soltar el cuerpo entre los pinos, hora y media larga, para que la mente se calle un rato y le deje el sitio a las piernas, a la piel, al aire que entra y sale. Porque hay cosas que hay que recibir despiertos del todo, no solo con los ojos, y esta es una de ellas.
Y entonces, sin que nadie dé la orden, el aire va a cambiar de idea. La luz se va a poner de un color que no tiene nombre en ningún idioma conocido, ni cálido ni frío, algo intermedio y extraño, como si el sol dudara entre ponerse o quedarse. Las sombras de los pinos, que hasta entonces se habían portado como sombras normales, se van a volver filosas, casi capaces de cortar la tierra donde caen. Va a bajar la temperatura sin que haya llegado la noche, y va a entrar un viento que nadie llamó. Los animales del día, que son más sabios que nosotros en estas cosas, se van a retirar antes de hora, convencidos de que la noche les ha ganado la partida sin avisar. Y los de la noche, los que esperan agazapados detrás de la sombra, van a empezar a asomarse antes de tiempo, engañados por una oscuridad que todavía no es la suya. Mientras tanto el sol, mordido por un lado, va a seguir bajando hacia la sierra como si no pasara nada, como si llevara toda la vida ensayando ese descenso a medio comer.
Esa misma tarde va a haber luna nueva, que es la única fase en la que el cielo permite estos desarreglos, así que cuando por fin caiga la noche del todo va a caer negra y completa. Y de madrugada, cuando ya estemos lejos y durmiendo, las estrellas van a empezar a caer en serio: el momento más alto llega entre las cuatro y las seis de la mañana siguiente, mucho después de que nos hayamos despedido en el pinar. A quien le dé por quedarse a esperarlas le basta con encontrar la Estrella Polar y girar un poco el cuerpo hacia la derecha: hacia el noreste, donde Perseo va subiendo despacio toda la noche, sin avisar a nadie.
El bosque va a seguir ahí, sin alterarse demasiado, mientras el sol se apaga un rato y luego vuelve como si tal cosa. Nosotros, con suerte, también.