La mayoría de las mujeres que llegan aquí no saben explicar por qué vienen. No habían oído hablar del shinrin-yoku —el baño de bosque japonés— antes de llegar. Llegaron por curiosidad, por una foto, porque algo les llamó. No hace falta entenderlo. El cuerpo llega antes que la razón.
Las primeras preguntas son siempre las mismas: ¿dónde es?, ¿cuánto cuesta?, ¿qué tengo que llevar? Nadie pregunta qué es exactamente. El olor a pino que casi se intuye a través de la pantalla les dice suficiente.
Eso me parece lo más honesto de esta práctica. No necesita explicación previa. No hay que leer nada ni prepararse. Puedes llegar cansada, mirando el móvil hasta el último momento, con la cabeza llena de ocupaciones y preocupaciones. El bosque recibe todo eso.
El punto de encuentro es La Forestal de El Espinar. Subimos en coche hasta un rincón del pinar y desde ahí caminamos no más de 15 minutos bosque adentro, por un sendero que no lleva a ningún sitio en particular, como si el propio camino hubiera decidido hace mucho tiempo que no tenía prisa por terminar. A mano izquierda espera un pino grande, con un trozo de corteza desnuda que parece llevar generaciones esperando a que alguien la toque. Ahí se puede tocar la resina, oler los dedos después, y ese olor se queda pegado a la piel el resto del camino, como si el bosque hubiera decidido dejar su firma antes de dejarte pasar. Sin que nadie lo anuncie, sin que nadie dé la orden, el ritmo interior empieza a ceder, igual que cede una cuerda que llevaba demasiado tiempo tensa.
No doy charlas técnicas. Si quieres la ciencia —qué son los fitoncidas, cuánto baja el cortisol— está en el post sobre el shinrin-yoku, para quien la quiera. Aquí no hace falta. Dejo que hable el bosque, que lleva hablando mucho más tiempo que cualquiera de nosotros y sabe hacerlo sin levantar la voz. Te invito a escuchar y a tocar, a dejar que la hierba se mueva porque quiere, que el viento entre los pinos diga lo que tenga que decir, que el musgo bajo los pies haga su trabajo despacio, sin que nadie se lo pida. Luego te tumbas, cierras los ojos, y empieza la visualización guiada. Tu cuerpo recibe. Tu mente, por una vez, para. Durante treinta minutos, la banda sonora del bosque se funde con tu respiración, se cuela en cada rincón, en cada una de tus células, como si volvieras a un sitio que llevabas dentro desde antes de nacer.
Al volver, el mismo pino de la entrada huele diferente, más intenso, más vivo, como si hubiera estado esperando a que volvieras para soltarlo todo. El bosque es el mismo. Tú ya no.
Muchas vuelven. Ainoa lo describe así: "Su forma de acompañar, su voz y la delicadeza con la que guía cada momento hacen que puedas soltar, respirar y conectar contigo de una manera muy especial. El entorno del bosque lo transforma todo: la tierra, los sonidos, el aire, la sensación de estar sostenida por la naturaleza." Ella tampoco sabía muy bien lo que era la primera vez. Ahora lleva varias sesiones.
Quienes quieren ir más adentro también pueden venir de noche. Las sesiones de luna llena en El Espinar tienen una atmósfera completamente distinta, como si el pinar cambiara de idioma cuando cae el sol.
Si todo esto resuena, la información práctica está cuando la necesites.